sábado, 1 de agosto de 2015

Con los pies descalzos sobre el árbol de manzano





         Eran cinco.
      Yo los veía pasar dos veces al día: a la entrada y a la salida del colegio. Vivíamos en una casa enorme, de estilo colonial, frente al Colegio Nacional, recién inaugurado. Nos separaba del edificio una larga avenida de eucaliptos. Nunca pude ir caminando, y menos sola, hasta el final de la avenida porque terminaba justo frente al portón del Sanatorio de Llanura, y a mamá le daba miedo, por el contagio. Sólo una vez, un Domingo creo, cuando papá compró un auto usado para hacer publicidad por la zona rural de la tienda donde era encargado, y nos llevó a pasear. Cuando dimos la vuelta frente al portón, para regresar, mamá se hizo la señal de la cruz.
   La tienda donde trabajaba papá era una sucursal de Rodríguez Barros y Compañía, de la cual papá estaba muy orgulloso no sólo porque eran españoles, como él, sino porque lo habían enviado desde Rojas a hacerse cargo de esa sucursal entrerriana. Yo tenía tres meses cuando llegamos y mi hermana mayor se había quedado por un tiempo con los abuelos  maternos y las tías, en Junín,  porque no era cuestión de dejarlos sin nietas ni sobrinas tan de golpe.
  En la avenida había un árbol de manzano, justo frente a casa. Nadie supo cómo había aparecido allí. Era un hermoso ejemplar que de vez en cuando daba algún fruto para comer .
  Yo me había adueñado de él de tal manera que cuando alguien del barrio quería dar una referencia espacial decía: “ pasó frente al árbol de la Botija.”
      A mí me decían la Botija. Jamás supe quién me había puesto ese apodo. Llegué a pensar más de una vez que habría sido la misma persona que plantó un manzano en una avenida de eucaliptos. La cuestión que según mamá, el árbol tenía mi edad: diez años.
   Ya dije que “ desde él “ veía pasar a los cinco. Tenía la costumbre de encaramarme a mi árbol cada vez que el timbre del nacional anunciaba la entrada o salida.
  Me encantaba ver esa cantidad de estudiantes “grandes”, en especial los de cuarto y quinto ,cuyas edades me parecían  un siglo poder alcanzar. Gozaba al escuchar a las parejas que “afilaban”, como decía papá, que venían a arrumarse debajo del árbol ignorantes de que alguien, sobre sus cabezas, los estaba escuchando.
      Fue a mediados de Septiembre cuando los conocí. Entraban y salían del colegio juntos. Me sorprendió el aspecto de todos y más  aún el del más alto. No conocía el nombre ni el apellido de ninguno.
     Esa tarde de Septiembre, a la salida, los cinco se reunieron debajo del árbol, desalojando a una parejita que creo, se estaban dando el primer beso. Noté que todos tenían pañuelos llamativos alrededor del cuello y los sacos cortos y ajustados. Papá decía que estaba de moda entre los pitucos. El más alto tenía barba y ojos muy negros. ¿ Qué hacemos? Preguntó y yo miré con deleite casi místico los pelitos erectos de su barba. “ Si querés podemos ir a tu pieza” dijo el único rubio del grupo y me di cuenta de que era el hijo del doctor Ruiz. “No, a mi pieza no, ya saben cómo es la vieja de la pensión”. Se habían puesto los libros debajo del saco y yo casi suelto la risa porque parecían viejas gordas con los senos hasta la barriga.
      “ Podemos vernos en el café, total hoy es viernes” decidió uno de lentes. Aceptada la sugerencia cada uno se fue por su lado justo cuando yo escuché que mamá me llamaba para vestirme e ir a la escuela. Yo sabía que ella ignoraba dónde estaba pero que andaba cerca, seguro.
         Esos eran los momentos más feos del día. No era el hecho de ir a la escuela lo que me desagradaba, sino todos los fastidios que tal suceso requería: lavarme los pies, ponerme las medias y los zapatos negros, sacarme los pantalones que mamá había hecho especialmente para mí, ya que andaba siempre con las rodillas ásperas y que me había costado el mote de “machona,”según decían las mamás de las nenas buenas del barrio. Sólo me querían para los cumpleaños, porque decía versos con gracia y bailaba flamenco sin saber ni qué era, pero mi papá, andaluz, de Granada, me había enseñado algo, en especial el manejo de los brazos y el zapateo. Otra cosa que me mortificaba era la cinta blanca en forma de vincha con la que mamá intentaba sujetar mi indómito pelo.
        Aquella tarde en que conocí a los cinco no dejé de pensar en ellos durante las horas de clase. Jamás supe porqué me llamaron la atención. Tal vez por sus aspectos o quizá me los trajo el destino para alterar una etapa de mi vida: esa niñez entrerriana despreocupada y feliz, que ellos y mi curiosidad desmoronaron.
        Mientras la hermana Josefina nos daba la clase de religión yo pensaba qué harían los cinco en el café. Papá decía que los muchachos modernos, en especial los que iban al Nacional, que eran de las mejores familias del pueblo, escuchaban música rara y hablaban de Filosofía y Ocultismo, pero nunca de política, eso era para los pobres. Muchas veces le pregunté qué era Filosofía y Ocultismo, pero me decía que lo iba a saber cuando estudiara de maestra.
       Cuando esa tarde salí del colegio visité los tres cafés del centro, pero no los encontré. Entonces me dirigí a una especie de restaurante y boliche “ de mal ambiente”, como decía mamá, que quedaba detrás del Nacional, en una calle de tierra.
       Allí los vi. Estaban sentados a una mesa junto a la vidriera. El de barba y ojos negros ( que después me enteré, se llamaba Diego) sostenía una cartulina sobre las rodillas y con una carbonilla daba rápidos trazos. Entré con el pretexto de comprarme un chupetín. Salía ya con la golosina entre los labios cuando tropecé con una silla. Al quebrar el monótono silencio del local los cinco me  miraron. Sólo diego habló:
 “ Vení,  sentate  frente a mí y quedate quieta”. Los otros me observaron sonriendo. Recuerdo que la cara me ardía de vergüenza. Diego me miraba y trazaba en la cartulina. No sé cuánto tiempo estuve así.
   “ Mirá, dijo alzando la cartulina, así serás dentro de poco”. Allí, ante los ojos azorados de yo, la Botija, estaba el cuerpo de una mujer desnuda con mi desgreñada cabeza como estandarte.
   Salí corriendo.
   Esa noche no pude dormir. A la madrugada prendí la luz y me miré desnuda en el espejo del ropero.

    “ ¿ A que no te animás?”
 Yo estaba como siempre escondida en lo alto mi  árbol. Hacía más de una semana que los conocía y los venía observando. Mamá estaba sorprendida. No podía comprender porqué me levantaba tan temprano, y sin desayunar me iba a la calle cuando aún papá no había salido para la tienda.
      Debía de tratarse de algo muy importante porque uno de ellos había pronunciado “ a que no te animás”de una manera misteriosa. El desafío iba dirigido a Diego. Se apoyó contra el árbol y encendió un cigarrillo.
    “ Sí, me animo. Esta noche a las nueve iré a la tapera de Anta. Ustedes me esperan afuera.” A los otros se les iluminaron los ojos y lo palmearon entre risas y chistes. El timbre de llamada se dejó oir  y ellos entraron al colegio.
        Cuando me deslicé, estaba intrigada.

   
            En todo pueblo chico hay una persona conocida por todos, una mascota. Para nuestro pueblito entrerriano ese ser se llamaba Anta. Nadie supo jamás cómo había llegado a Villaguay. Si desde el primer momento se definió su sexo, no fue por sus largos cabellos rojizos, sino cuando las monjas la bañaron por primera vez.
          Anta fue hallada una noche de invierno, después de una gran inundación, en el Barrio Sur, y llevada al asilo Nuestra Señora de Luján, que estaba junto a la escuela donde yo iba. Por aquél entonces tendría unos diez o doce años, pero aparentaba  menos.
       Las pobres monjas hicieron lo imposible por educarla pero la muchacha no tenía capacidades y ni siquiera podía expresarse en forma coherente. Escapó varias veces hasta que nadie hizo caso de ella y así  comenzó a vagabundear por el pueblo. Por las noches dormía en una tapera cerca del cementerio.
           Se la veía todo el tiempo recorriendo el pueblo mientras arrastraba una bolsa de arpillera donde iba metiendo lo que le daban o encontraba tirado, y repetía continuamente una palabra” anta, anta”, de ahí que la comenzaran a llamar así. Su cuerpo despedía un olor tan espantoso que todos se admiraban cuando yo, la Botija, me acercaba a ella sin apuro y le daba unas monedas o un paquete con comida que mamá le preparaba. Ya tendría unos veinte años pero pasaba por una gurisa  de mi edad.
        Me asombró que los muchachos hablaran de ella y no de otras, de las lindas del pueblo como la Mireya  Antonini que tenía a todos los hombres enloquecidos, hasta a los locos. Papá me había contado que en un acto electoral llevaban a votar a Santiaguito, el loco más loco de Villaguay, el que por unas monedas “ nadaba en seco” , y mientras subía las escaleras de la municipalidad  iba gritando: ¡“ Voto por la Mireya Antonini, voto por la Mireya Antonini”!
            Por eso  mi asombro cuando la nombraron “ Esta noche a las nueve iré a la tapera de Anta”. ¿ Qué tendrían que ver unos estudiantes como ellos con Anta?¿ Por qué irían de noche a un lugar tan horrible como la tapera del cementerio?
         Aquel mediodía volví al árbol pero comenzó a llover. Falté al colegio, aunque estaba a la vuelta de casa porque mamá tenía miedo a las inundaciones por lo que se comentaba siempre ,“ si se desborda el Gualeguay el agua no da tiempo a nada”.
            Pero a las cinco salió el sol, por suerte para mí, porque me había propuesto seguir esa noche a Diego y los otros. Después de la lluvia la tarde se puso cálida y yo pedí permiso para sacar la bicicleta y dar unas vueltas manzanas con Estelita  Alsina. Pero no fui a su casa, me adelanté por el camino que va al cementerio y refugiada detrás de un álamo que había sucumbido por la tormenta, los esperé. Ellos debían pasar por allí.
           Mientras esperaba hubo momentos en que pensé en desistir y volver a casa pero una rara curiosidad se había apoderado de mí.

             Los vi llegar. Pasaron a mi lado silenciosos, sin darse cuenta de mi presencia. Arrastrando la bicicleta( por suerte había tomado la de mi hermana que era más liviana) los seguí a cierta distancia. Pronto llegamos al descampado donde se levantaba la mísera tapera. Era baja  tenía dos aberturas. Una más pequeña oficiaba de ventana, la otra no mucho más amplia era la puerta.
         Diego se dirigió a la tapera mientras los otros se sentaron en un montículo del camino. Yo di vuelta por detrás y pegada a la áspera pared me dispuse a espiar  por la ventana.
          En el centro del cuartucho sólo había un cajón destartalado con un cabo de vela. Alrededor, desparramados por el suelo, hojas de diarios trapos y pedazos de comida. Vi a Anta sentada en el suelo, de espalda a mí y frente a la abertura que simulaba una puerta, llevándose a la boca lo que sacaba de su bolsa de arpillera. Vi que entraba Diego. Cuando Anta se dio cuenta de su presencia, escondió instintivamente la bolsa debajo del catre, se apartó las crenchas de los ojos, lo miró y gruñó algo que no entendí.
         Diego la tomó de los hombros  y de un tirón le quitó el trapo que llevaba como única vestimenta. Vi a Anta desnuda. Nunca se me hubiera ocurrido que existiera un cuerpo tan mísero. Cuan intentó tocarla nuevamente ella se defendió con puntapiés y gruñidos.
          Yo temblaba desde mi escondite. No podía moverme. Tenía ganas de gritar, pero no me salía ni un sonido y lo único que podía hacer era mirar, mirar desesperadamente hacia adentro. En un momento Diego logró atraparla y la arrojó al suelo. La vela cayó.
          Después hubo oscuridad, fuera y dentro de mí.
         Temblando, tomé la bicicleta y logré huir sin llamar la atención de los otros.
         
          Durante cuatro días no salí. No quería comer y pasaba largas horas, hojeando, sin leer, un libro sobre la vida de Santa Rosa de Lima que me había enviado la hermana bibliotecaria de mi colegio con un mensaje: “para que la vida de la santa te ayude en tu convalecencia”.
       Esta desusada inactividad alertó a mamá. Por las noches tenía pesadillas y gritaba.
          Mis padres me llevaron al médico y este dijo que tenía una crisis de la edad y con un gesto cómplice le dijo a mamá “ pronto habrá cambios”. Como siempre mamá se puso a llorar. Papá en cambio la besó para reconfortarla “ la Botija ya va a ser señorita” le susurró como para que yo no oyera. Tantos misterios me desorientaron.
             A la semana ya casi estaba recuperada. Me sentía mejor y mamá festejó que tuviera apetito.
               El Domingo, en la mesa, papá me contó chistes sobre las señoras que iban a la tienda “ a comprar ropa para las hijas adolescentes”, pero se las ponían ellas  e iban a la retreta de la plaza a dar vueltas como si fueran señoritas.
             Mientras yo, distraída, devoraba el chocolate con canela oí que papá le decía a mamá casi en un susurro. “ Encontraron a Anta muerta en la tapera”. El sabor del chocolate desapareció. Seguí con la vista en el plato haciendo como que no prestaba atención. “ Parece que murió hace una semana, pero recién hoy a la mañana la descubrieron. El médico de policía dijo que..”, papá bajó la voz Aunque no oí la palabra, lo supe.
         “ ¡Dios mío!, quién habrá sido el monstruo que ha podido acercarse a la infeliz con ese propósito”, dijo mamá y se santiguó por segunda vez.
           Ya no más Anta para mi niñez entrerriana, ya no más chocolate con canela, ya no más pantalones de machona, ya no más versos ni bailes flamencos en los cumpleaños.
          Al día siguiente, después de comer, salí a la calle. Oí el timbre del colegio, crucé a la avenida y me subí a mi árbol.
            Los esperé como siempre.
       Con los pies descalzos sobre el árbol de manzano. 

María del Carmen Lopez Vargas.
 

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