Eran cinco.
Yo los veía pasar dos veces al día: a la
entrada y a la salida del colegio. Vivíamos en una casa enorme, de estilo
colonial, frente al Colegio Nacional, recién inaugurado. Nos separaba del
edificio una larga avenida de eucaliptos. Nunca pude ir caminando, y menos
sola, hasta el final de la avenida porque terminaba justo frente al portón del
Sanatorio de Llanura, y a mamá le daba miedo, por el contagio. Sólo una vez, un
Domingo creo, cuando papá compró un auto usado para hacer publicidad por la
zona rural de la tienda donde era encargado, y nos llevó a pasear. Cuando dimos
la vuelta frente al portón, para regresar, mamá se hizo la señal de la cruz.
La tienda donde trabajaba papá era una
sucursal de Rodríguez Barros y Compañía, de la cual papá estaba muy orgulloso
no sólo porque eran españoles, como él, sino porque lo habían enviado desde
Rojas a hacerse cargo de esa sucursal entrerriana. Yo tenía tres meses cuando
llegamos y mi hermana mayor se había quedado por un tiempo con los abuelos maternos y las tías, en Junín, porque no era cuestión de dejarlos sin nietas
ni sobrinas tan de golpe.
En la avenida había un árbol de manzano,
justo frente a casa. Nadie supo cómo había aparecido allí. Era un hermoso
ejemplar que de vez en cuando daba algún fruto para comer .
Yo me había adueñado de él de tal manera que
cuando alguien del barrio quería dar una referencia espacial decía: “ pasó
frente al árbol de la Botija.”
A mí me decían la Botija. Jamás supe
quién me había puesto ese apodo. Llegué a pensar más de una vez que habría sido
la misma persona que plantó un manzano en una avenida de eucaliptos. La
cuestión que según mamá, el árbol tenía mi edad: diez años.
Ya dije que “ desde él “ veía pasar a los
cinco. Tenía la costumbre de encaramarme a mi árbol cada vez que el timbre del
nacional anunciaba la entrada o salida.
Me encantaba ver esa cantidad de estudiantes
“grandes”, en especial los de cuarto y quinto ,cuyas edades me parecían un siglo poder alcanzar. Gozaba al escuchar a
las parejas que “afilaban”, como decía papá, que venían a arrumarse debajo del
árbol ignorantes de que alguien, sobre sus cabezas, los estaba escuchando.
Fue a mediados de Septiembre cuando los
conocí. Entraban y salían del colegio juntos. Me sorprendió el aspecto de todos
y más aún el del más alto. No conocía el
nombre ni el apellido de ninguno.
Esa tarde de Septiembre, a la salida, los
cinco se reunieron debajo del árbol, desalojando a una parejita que creo, se
estaban dando el primer beso. Noté que todos tenían pañuelos llamativos
alrededor del cuello y los sacos cortos y ajustados. Papá decía que estaba de
moda entre los pitucos. El más alto tenía barba y ojos muy negros. ¿ Qué hacemos?
Preguntó y yo miré con deleite casi místico los pelitos erectos de su barba. “
Si querés podemos ir a tu pieza” dijo el único rubio del grupo y me di cuenta
de que era el hijo del doctor Ruiz. “No, a mi pieza no, ya saben cómo es la
vieja de la pensión”. Se habían puesto los libros debajo del saco y yo casi
suelto la risa porque parecían viejas gordas con los senos hasta la barriga.
“ Podemos vernos en el café, total hoy es
viernes” decidió uno de lentes. Aceptada la sugerencia cada uno se fue por su
lado justo cuando yo escuché que mamá me llamaba para vestirme e ir a la
escuela. Yo sabía que ella ignoraba dónde estaba pero que andaba cerca, seguro.
Esos eran los momentos más feos del
día. No era el hecho de ir a la escuela lo que me desagradaba, sino todos los
fastidios que tal suceso requería: lavarme los pies, ponerme las medias y los
zapatos negros, sacarme los pantalones que mamá había hecho especialmente para
mí, ya que andaba siempre con las rodillas ásperas y que me había costado el
mote de “machona,”según decían las mamás de las nenas buenas del barrio. Sólo
me querían para los cumpleaños, porque decía versos con gracia y bailaba
flamenco sin saber ni qué era, pero mi papá, andaluz, de Granada, me había
enseñado algo, en especial el manejo de los brazos y el zapateo. Otra cosa que
me mortificaba era la cinta blanca en forma de vincha con la que mamá intentaba
sujetar mi indómito pelo.
Aquella tarde en que conocí a los cinco
no dejé de pensar en ellos durante las horas de clase. Jamás supe porqué me
llamaron la atención. Tal vez por sus aspectos o quizá me los trajo el destino
para alterar una etapa de mi vida: esa niñez entrerriana despreocupada y feliz,
que ellos y mi curiosidad desmoronaron.
Mientras la hermana Josefina nos daba
la clase de religión yo pensaba qué harían los cinco en el café. Papá decía que
los muchachos modernos, en especial los que iban al Nacional, que eran de las
mejores familias del pueblo, escuchaban música rara y hablaban de Filosofía y
Ocultismo, pero nunca de política, eso era para los pobres. Muchas veces le
pregunté qué era Filosofía y Ocultismo, pero me decía que lo iba a saber cuando
estudiara de maestra.
Cuando esa tarde salí del colegio visité
los tres cafés del centro, pero no los encontré. Entonces me dirigí a una
especie de restaurante y boliche “ de mal ambiente”, como decía mamá, que
quedaba detrás del Nacional, en una calle de tierra.
Allí los vi. Estaban sentados a una mesa
junto a la vidriera. El de barba y ojos negros ( que después me enteré, se
llamaba Diego) sostenía una cartulina sobre las rodillas y con una carbonilla
daba rápidos trazos. Entré con el pretexto de comprarme un chupetín. Salía ya
con la golosina entre los labios cuando tropecé con una silla. Al quebrar el
monótono silencio del local los cinco me
miraron. Sólo diego habló:
“ Vení,
sentate frente a mí y quedate
quieta”. Los otros me observaron sonriendo. Recuerdo que la cara me ardía de
vergüenza. Diego me miraba y trazaba en la cartulina. No sé cuánto tiempo
estuve así.
“ Mirá, dijo alzando la cartulina, así serás
dentro de poco”. Allí, ante los ojos azorados de yo, la Botija, estaba el
cuerpo de una mujer desnuda con mi desgreñada cabeza como estandarte.
Salí corriendo.
Esa noche no pude dormir. A la madrugada
prendí la luz y me miré desnuda en el espejo del ropero.
“ ¿ A que no te animás?”
Yo estaba como siempre escondida en lo alto
mi árbol. Hacía más de una semana que
los conocía y los venía observando. Mamá estaba sorprendida. No podía
comprender porqué me levantaba tan temprano, y sin desayunar me iba a la calle
cuando aún papá no había salido para la tienda.
Debía de tratarse de algo muy importante
porque uno de ellos había pronunciado “ a que no te animás”de una manera
misteriosa. El desafío iba dirigido a Diego. Se apoyó contra el árbol y
encendió un cigarrillo.
“ Sí, me animo. Esta noche a las nueve iré
a la tapera de Anta. Ustedes me esperan afuera.” A los otros se les iluminaron
los ojos y lo palmearon entre risas y chistes. El timbre de llamada se dejó
oir y ellos entraron al colegio.
Cuando me deslicé, estaba intrigada.
En todo pueblo chico hay una
persona conocida por todos, una mascota. Para nuestro pueblito entrerriano ese
ser se llamaba Anta. Nadie supo jamás cómo había llegado a Villaguay. Si desde
el primer momento se definió su sexo, no fue por sus largos cabellos rojizos,
sino cuando las monjas la bañaron por primera vez.
Anta fue hallada una noche de
invierno, después de una gran inundación, en el Barrio Sur, y llevada al asilo
Nuestra Señora de Luján, que estaba junto a la escuela donde yo iba. Por aquél
entonces tendría unos diez o doce años, pero aparentaba menos.
Las pobres monjas hicieron lo imposible
por educarla pero la muchacha no tenía capacidades y ni siquiera podía
expresarse en forma coherente. Escapó varias veces hasta que nadie hizo caso de
ella y así comenzó a vagabundear por el
pueblo. Por las noches dormía en una tapera cerca del cementerio.
Se la veía todo el tiempo
recorriendo el pueblo mientras arrastraba una bolsa de arpillera donde iba
metiendo lo que le daban o encontraba tirado, y repetía continuamente una
palabra” anta, anta”, de ahí que la comenzaran a llamar así. Su cuerpo despedía
un olor tan espantoso que todos se admiraban cuando yo, la Botija, me acercaba
a ella sin apuro y le daba unas monedas o un paquete con comida que mamá le
preparaba. Ya tendría unos veinte años pero pasaba por una gurisa de mi edad.
Me asombró que los muchachos hablaran
de ella y no de otras, de las lindas del pueblo como la Mireya Antonini que tenía a todos los hombres
enloquecidos, hasta a los locos. Papá me había contado que en un acto electoral
llevaban a votar a Santiaguito, el loco más loco de Villaguay, el que por unas
monedas “ nadaba en seco” , y mientras subía las escaleras de la
municipalidad iba gritando: ¡“ Voto por
la Mireya Antonini, voto por la Mireya Antonini”!
Por eso mi asombro cuando la nombraron “ Esta noche a
las nueve iré a la tapera de Anta”. ¿ Qué tendrían que ver unos estudiantes
como ellos con Anta?¿ Por qué irían de noche a un lugar tan horrible como la
tapera del cementerio?
Aquel mediodía volví al árbol pero
comenzó a llover. Falté al colegio, aunque estaba a la vuelta de casa porque
mamá tenía miedo a las inundaciones por lo que se comentaba siempre ,“ si se
desborda el Gualeguay el agua no da tiempo a nada”.
Pero a las cinco salió el sol, por
suerte para mí, porque me había propuesto seguir esa noche a Diego y los otros.
Después de la lluvia la tarde se puso cálida y yo pedí permiso para sacar la
bicicleta y dar unas vueltas manzanas con Estelita Alsina. Pero no fui a su casa, me adelanté
por el camino que va al cementerio y refugiada detrás de un álamo que había
sucumbido por la tormenta, los esperé. Ellos debían pasar por allí.
Mientras esperaba hubo momentos en
que pensé en desistir y volver a casa pero una rara curiosidad se había
apoderado de mí.
Los vi llegar. Pasaron a mi lado silenciosos,
sin darse cuenta de mi presencia. Arrastrando la bicicleta( por suerte había
tomado la de mi hermana que era más liviana) los seguí a cierta distancia.
Pronto llegamos al descampado donde se levantaba la mísera tapera. Era
baja tenía dos aberturas. Una más
pequeña oficiaba de ventana, la otra no mucho más amplia era la puerta.
Diego se dirigió a la tapera mientras
los otros se sentaron en un montículo del camino. Yo di vuelta por detrás y
pegada a la áspera pared me dispuse a espiar
por la ventana.
En el centro del cuartucho sólo había
un cajón destartalado con un cabo de vela. Alrededor, desparramados por el
suelo, hojas de diarios trapos y pedazos de comida. Vi a Anta sentada en el
suelo, de espalda a mí y frente a la abertura que simulaba una puerta,
llevándose a la boca lo que sacaba de su bolsa de arpillera. Vi que entraba
Diego. Cuando Anta se dio cuenta de su presencia, escondió instintivamente la
bolsa debajo del catre, se apartó las crenchas de los ojos, lo miró y gruñó
algo que no entendí.
Diego la tomó de los hombros y de un tirón le quitó el trapo que llevaba
como única vestimenta. Vi a Anta desnuda. Nunca se me hubiera ocurrido que
existiera un cuerpo tan mísero. Cuan intentó tocarla nuevamente ella se
defendió con puntapiés y gruñidos.
Yo temblaba desde mi escondite. No
podía moverme. Tenía ganas de gritar, pero no me salía ni un sonido y lo único
que podía hacer era mirar, mirar desesperadamente hacia adentro. En un momento
Diego logró atraparla y la arrojó al suelo. La vela cayó.
Después hubo oscuridad, fuera y
dentro de mí.
Temblando, tomé la bicicleta y logré
huir sin llamar la atención de los otros.
Durante cuatro días no salí. No
quería comer y pasaba largas horas, hojeando, sin leer, un libro sobre la vida
de Santa Rosa de Lima que me había enviado la hermana bibliotecaria de mi
colegio con un mensaje: “para que la vida de la santa te ayude en tu
convalecencia”.
Esta desusada inactividad alertó a mamá.
Por las noches tenía pesadillas y gritaba.
Mis padres me llevaron al médico y
este dijo que tenía una crisis de la edad y con un gesto cómplice le dijo a
mamá “ pronto habrá cambios”. Como siempre mamá se puso a llorar. Papá en
cambio la besó para reconfortarla “ la Botija ya va a ser señorita” le susurró
como para que yo no oyera. Tantos misterios me desorientaron.
A la semana ya casi estaba
recuperada. Me sentía mejor y mamá festejó que tuviera apetito.
El Domingo, en la mesa, papá me
contó chistes sobre las señoras que iban a la tienda “ a comprar ropa para las
hijas adolescentes”, pero se las ponían ellas
e iban a la retreta de la plaza a dar vueltas como si fueran señoritas.
Mientras yo, distraída, devoraba
el chocolate con canela oí que papá le decía a mamá casi en un susurro. “
Encontraron a Anta muerta en la tapera”. El sabor del chocolate desapareció.
Seguí con la vista en el plato haciendo como que no prestaba atención. “ Parece
que murió hace una semana, pero recién hoy a la mañana la descubrieron. El
médico de policía dijo que..”, papá bajó la voz Aunque no oí la palabra, lo
supe.
“ ¡Dios mío!, quién habrá sido el
monstruo que ha podido acercarse a la infeliz con ese propósito”, dijo mamá y
se santiguó por segunda vez.
Ya no más Anta para mi niñez
entrerriana, ya no más chocolate con canela, ya no más pantalones de machona,
ya no más versos ni bailes flamencos en los cumpleaños.
Al día siguiente, después de comer, salí a
la calle. Oí el timbre del colegio, crucé a la avenida y me subí a mi árbol.
Los esperé como siempre.
Con los pies descalzos sobre el árbol de
manzano. María del Carmen Lopez Vargas.
